Diario en la Esterilla

Cómo aplicar los yamas y niyamas en la vida diaria de un freelance

Los yamas piden que dejes de mentir; un cliente freelance pide, casi siempre, una excusa razonable para el retraso, y esas dos cosas casi nunca conviven en la misma tarde de traducción. Llevo años subiendo al mat antes de abrir el primer archivo del día, pero fue apenas ahora, dentro del módulo de filosofía del Instructorado de Yoga que curso en Hotmart, cuando se me ocurrió preguntarme si mi ética de trabajo aguantaría la misma disciplina que le exijo a mi cuerpo en una secuencia de pie.

Nota de transparencia antes de seguir: este diario tiene algún enlace de afiliado. Si te animas a inscribirte en una formación a través de uno de ellos, recibo una comisión pequeña sin que a ti te cueste nada extra. Escribo solo sobre el instructorado en el que estoy metida o sobre lo que de verdad uso en mi escritorio mientras traduzco, y si algo no funciona, también lo cuento — de eso trata precisamente este texto sobre filosofía del yoga y vida freelance.

Los yamas y niyamas no estaban en mis veinte minutos de posturas

Durante años pensé que el yoga eran solo esas posturas de pie que hago antes de abrir la laptop. Resulta que esas secuencias son apenas un peldaño de un sistema de ocho pasos, y que los dos primeros — los Yoga Sutras de Patañjali los llaman yamas y niyamas — no tienen nada que ver con la flexibilidad de mis isquiotibiales. Son cinco restricciones hacia afuera y cinco observancias hacia adentro, y aplicarlas a la vida de alguien que cobra por palabra resultó más incómodo de lo que esperaba. Todavía recuerdo el choque de la primera semana leyendo el temario completo del curso y dándome cuenta de cuánto se parecía la lista a un espejo de mis peores hábitos de freelance, no a una lista de posturas nuevas por dominar.

Módulo de filosofía del yoga sobre yamas y niyamas junto a lentes de lectura y laptop de trabajo freelance

Cuando Ahimsa se topa con una fecha de entrega

Ahimsa, la no violencia, sonaba fácil hasta que me sorprendí hablándome mal frente a la pantalla por no avanzar rápido en una traducción jurídica. Esa voz interna que me castigaba por cada párrafo lento era violencia, aunque nunca la hubiera llamado así. Aplicar Ahimsa al trabajo freelance terminó siendo, en la práctica, algo bastante simple: dejar de forzar el cuerpo tres horas extra cuando una punzada conocida en el trapecio derecho me avisa que ya no queda nada que dar por hoy.

Satya, la veracidad, fue el siguiente escalón, y ese sí me costó orgullo. Antes decía que sí a cualquier plazo por miedo a perder el proyecto. Ahora, cuando una agencia me pide algo imposible para el lunes, negocio una fecha real en lugar de mentirme sobre cuántas palabras puedo procesar por hora sin quemarme. Antes de este curso probé de todo para bajar ese nivel de tensión — entre otras cosas, una temporada de masajes mensuales en una clínica de Miraflores — y el alivio nunca me duraba más de un par de días; el problema no estaba en los hombros, estaba en cómo organizaba mi semana. Una lectora de Buenos Aires, Josefina, diseñadora gráfica que todavía no practica pero sigue cada entrada de este diario, me escribió calculando en voz alta cuántas horas libres le quedarían a la semana si sumaba el instructorado a su carga de trabajo actual; le respondí que a mí también me tomó revisar mi calendario con esa misma honestidad antes de anotarme. Si estás en ese punto y no quieres algo tan denso como una certificación completa, el Curso Yoga en casa es una vía más liviana para sostener el hábito sin meterte de lleno en la parte filosófica.

Santosha, Tapas y la neblina de julio

En las semanas de neblina cerrada de julio, con la humedad de Miraflores pegada a las ventanas, sostener el ritmo del curso fue un esfuerzo real. Santosha, el contento con lo que hay, chocó de frente con mi ambición: es difícil sentirse conforme cuando tus ingresos bajaron y el calendario sigue medio vacío. Pero me enseñó a valorar el tiempo libre que gané para estudiar, incluso cuando ese mes las retenciones de siempre dolían un poco más de lo normal. La luz de invierno limeño no ayuda: es una luz plana, sin sombras marcadas, de esas que hacen que el mat en la sala se vea más chico de lo que realmente mide.

Tapas, la disciplina interna, fue el que de verdad me hizo dudar. Hubo un fin de semana en que dejé tres días seguidos de módulos de anatomía sin abrir, ocupada en encargos urgentes que llegaron de golpe, y terminé el domingo con la espalda resentida y la sensación incómoda de no haber priorizado lo que decía que me importaba. Fue más o menos en la semana cuatro cuando empecé a despertarme sola, antes de que sonara la alarma, y lo primero que pensaba, todavía a oscuras, no era en el archivo pendiente sino en cuánto espacio libre quedaba en el living para desenrollar el mat sin mover la silla. No sé si eso cuenta como progreso medible, pero fue la primera señal de que algo se estaba acomodando. Yuliana, mi vecina del cuarto piso, empezó a asomarse otra vez por la puerta entreabierta esas mañanas — se queda parada en el umbral, brazos cruzados, sin llegar a entrar del todo, como calculando si vale la pena desempolvar su propio mat. Hay días en que me pregunto si mi práctica de tantos años cuenta como suficiente frente a un examen que pide explicar el origen sánscrito de cada postura, pero esa duda de impostora es tema para otra entrada; aquí lo que aprendí es que corregir años de posturas aprendidas sola, a punta de video, exige más paciencia con una misma que con el cuerpo.

No soy profesional de la salud ni experta en kinesiología — esto lo cuento desde mi silla de traductora, que a veces se olvida hasta de respirar. Quien tenga dolor persistente debería consultar a alguien capacitado antes de forzar cualquier postura que vea repetida en internet.

Escritorio de traducción freelance a nivel del suelo, con neblina de invierno limeño en la ventana junto al mat de yoga en casa

Soltar el hábito de refrescar la bandeja de entrada

Aparigraha, la no-posesividad, fue el que más me tomó desarmar. En los libros piden renunciar a lo material, y para alguien que vive de facturar por proyecto eso suena a mala idea financiera. Tuve que traducirlo a mis propios términos: para un freelance, Aparigraha es gestión de límites, no rechazo de ingresos. Es soltar la costumbre de refrescar el correo cada rato esperando un encargo nuevo, como si controlar la bandeja de entrada fuera a controlar también la incertidumbre del mes.

Mientras escribo esto, mi gata decidió instalarse sobre uno de los bloques que uso para las posturas más exigentes, y me quedo pensando que el instructorado me está enseñando a traducir algo bastante más difícil que un manual técnico: la incertidumbre de esta etapa a un idioma que el cuerpo entienda sin romperse. No es que esté dejando la traducción por el yoga — sigo viviendo de los archivos que entrego cada semana — sino que quería ver si mi práctica aguantaba el peso de un currículo completo en vez de quedarse en veinte minutos sueltos cada mañana. Alguna vez me pregunté si el Instructor de Yoga para Niños me devolvería esa ligereza de la que hablo, aunque por ahora sigo concentrada en terminar mis propios módulos de filosofía y esa curiosidad quedó ahí, sin abrir.

La lección que me llevo de estos meses no es que ahora medito mejor ni que dejé de trabajar de más: es que dejé de medir el día por cuánto entregué y empecé a medirlo por si cumplí lo que me prometí a mí misma esa mañana, tenga o no tenga un cliente esperando respuesta. Eso, más que cualquier postura, es lo que los yamas y niyamas terminaron enseñándome sobre vivir del freelance sin que el freelance me viva a mí.

El estrés del trabajo se mete en la práctica. Cuéntamelo en el grupo de Discord, que a esta hora es cuando mejor salen estas conversaciones.

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