Diario en la Esterilla

Cómo compaginar el trabajo freelance con un instructorado de yoga

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Son casi las doce de la noche en Miraflores y el cielo tiene ese color panza de burro que solo nosotros conocemos bien. El silencio aquí, cuando no hay bocinas en la avenida, es casi pesado. Hace un par de meses, ese silencio me hubiera dado pavor. Fue un martes por la tarde en marzo cuando mi cliente más antiguo, el que me mantenía el alquiler con un 'retainer' mensual desde hacía tres años, me mandó ese correo breve y aséptico: recortaban presupuesto, se acababa la relación. La calma que siguió no fue paz, fue pánico puro. En lugar de lanzarme a LinkedIn a mendigar proyectos de traducción médica, hice algo que mi abuela llamaría 'locura de juventud': abrí la pestaña de Hotmart y me inscribí en la certificación que venía ojeando desde el año pasado.

Antes de seguir, una nota de transparencia: este diario incluye algunos enlaces de afiliado. Si decides apuntarte a un programa a través de ellos, recibo una pequeña comisión y tú no pagas ni un sol más. Solo escribo sobre el Instructorado de Yoga en el que estoy metida de cabeza ahora mismo, o sobre cosas que realmente uso los fines de semana en mi esterilla. Si algo no me convence, como ese bloque de espuma que se hunde apenas apoyas el peso, también te lo cuento.

Del mat de pandemia al currículo de 200 horas

Llevo cinco años desplegando mi mat de corcho cada mañana. Empecé en 2020, cuando el encierro me estaba destrozando el sueño y la espalda. Fui la clásica practicante de salón de YouTube, autodidacta hasta la médula, aprendiendo a moverme por intuición. Pero una cosa es hacer una secuencia de veinte minutos antes de abrir el glosario de términos legales y otra muy distinta es enfrentarse al estándar internacional de formación inicial (RYT) de 200 horas. Lo cierto es que, al principio, me sentí como una impostora. ¿Quién era yo para querer certificarme si a veces mi gato se sienta en mi esternón durante el savasana y yo simplemente me quedo ahí, acariciándolo en lugar de meditar?

La transición de 'hacer yoga' a 'estudiar yoga' es un golpe de realidad. El programa que elegí tiene una calificación promedio de 4.0 en la plataforma, y aunque solo tenía una reseña pública cuando entré, decidí confiar en mi instinto. Lo que me encontré fue un desglose anatómico que me hizo replantearme cada movimiento. Durante las primeras tres semanas, me pasé las tardes alternando entre traducir un manual de maquinaria pesada y estudiar el sistema esquelético. Hay una belleza extraña en esa dualidad: la precisión del lenguaje técnico en la pantalla y la fluidez (o falta de ella) en mi propio cuerpo.

A mediados de abril, tuve mi primer 'momento de quiebre'. Estaba repasando el módulo de alineación y me di cuenta de que mi Asana de perro mirando hacia abajo, la que venía haciendo casi mecánicamente durante un lustro, estaba técnicamente mal. Tenía los hombros colapsados y las manos sin la base firme que ahora sé que es vital. Sentir ese clic en las vértebras al corregir la postura por primera vez fue casi místico. Pero bueno, no todo es misticismo; a veces es solo el olor a café frío mezclado con el aroma de la esterilla mientras intento pronunciar términos en sánscrito en voz baja para no despertar a nadie.

El mito de los bloques de tiempo fijos

Si buscas consejos sobre cómo estudiar mientras trabajas por tu cuenta, todos te dicen lo mismo: 'bloquea tus horarios'. 'De 9 a 11 estudias, de 11 a 1 trabajas'. Para quienes vivimos en Miraflores (o en cualquier lado) y tenemos gente a cargo o un horario freelance caótico, ese consejo es un chiste de mal gusto. Mi vida no se divide en bloques; es un degradado. Mi abuela, por ejemplo, prende una vela cada vez que me ve haciendo pranayama porque cree que estoy rezando algo muy profundo, y a veces me interrumpe a mitad de una retención de aire para preguntarme si ya almorcé.

He aprendido que compaginar el Instructorado de Yoga con las entregas de traducción requiere una flexibilidad que no te enseñan en los manuales de productividad. Hay días en los que el flujo de palabras es imparable y paso ocho horas tecleando. En esos días, la formación se queda en pausa. Pero lo increíble es que la rigidez en las muñecas después de teclear tanto desaparece gradualmente cuando aplico los ajustes de manos que aprendí en el primer módulo. Ya no es 'estudiar' frente a 'trabajar'; es usar lo que estudio para sobrevivir al trabajo.

Por cierto, si alguna vez te da curiosidad explorar algo más específico, hace poco vi que existe un curso de Instructor de Yoga para Niños que tiene como 307 reseñas y un puntaje casi perfecto. No es mi camino ahora, pero me hizo pensar en lo mucho que ha crecido esta comunidad online. Por ahora, yo me quedo con mi programa de adultos, que aunque tiene una tasa de comisión por referidos del 54%, lo que realmente me importa es que me obliga a ser honesta con mi práctica.

Fracasos, gatos y videos de evaluación

No todo ha sido iluminación y alineación perfecta. Hace un par de fines de semana me tocaba grabar un video de práctica para el módulo tres. Preparé todo: moví mi stack de libros de referencia, limpié el polvo de la luz de escritorio y puse la cámara en el ángulo que creía perfecto. Hice toda la secuencia de guerreros, sudando bajo la humedad limeña que lo pega todo. Cuando terminé y fui a revisar el archivo para subirlo a la plataforma, me di cuenta de que mi gato se había echado justo delante del lente durante toda la grabación. Solo se veía una masa de pelos grises y, al fondo, mis pies moviéndose de vez en cuando.

En ese momento quise llorar. Era más fácil abrir otro archivo de traducción y olvidarme de todo. Pero ahí es donde entra la disciplina que te da el instructorado. No soy ninguna profesional de la salud ni tengo formación en kinesiología —siempre lo digo, si tienes una lesión real, por favor consulta con un fisioterapeuta antes de intentar cualquier cosa que leas en internet—, pero he aprendido a observar mi frustración como si fuera una postura difícil. Te quedas ahí, respiras, y esperas a que el músculo (o la paciencia) ceda.

Mi primera semana en el Instructorado de Yoga: lo que el primer módulo cambió en mi práctica matinal tras años de ser autodidacta ya me había dado pistas de que esto no sería un paseo, pero no esperaba que el mayor desafío fuera mental. A veces me encuentro calculando mentalmente cuántas palabras de una traducción médica equivalen a una hora de estudio sobre el sistema esquelético. Es una distorsión profesional, supongo.

¿Vale la pena el esfuerzo?

A veces me preguntan si quiero dejar la traducción para poner un estudio de yoga. La respuesta corta es no. Me encanta mi trabajo, me gusta la soledad de los diccionarios y el reto de encontrar la palabra exacta. Pero el Instructorado de Yoga me está dando algo que los glosarios no pueden: un marco que sostiene mi salud mental mientras sigo frente a la pantalla.

Si estás en ese limbo de querer profundizar pero te da miedo que el trabajo se coma tu tiempo, mi consejo es que no esperes a tener la agenda despejada. Eso no va a pasar. Compagina, mézclalo, deja que el olor del incienso se cuele entre tus facturas. Si no te sientes lista para algo tan largo, siempre puedes probar un Curso de Yoga en casa más ligero para ver si el formato online te funciona. Lo importante es que el mat sea tu refugio, no otra tarea pendiente en la lista.

Ya es tarde y mañana tengo que entregar tres mil palabras sobre patentes farmacéuticas. Voy a cerrar la laptop, pero antes, voy a quedarme un momento en silencio. Ya no es el silencio del pánico por el cliente perdido, sino el de saber que, pase lo que pase con el mercado laboral, mi práctica está ahí, firme, aunque a veces el gato decida que el mejor lugar para dormir es justo encima de mi pecho en plena meditación.

Aviso: Este sitio tiene fines informativos y de entretenimiento únicamente. No soy médico, asesor financiero ni abogado. Busca orientación profesional antes de tomar cualquier decisión sobre tu salud o tus finanzas.

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