Diario en la Esterilla

Reinventarse como instructor de yoga tras una crisis laboral freelance

Ese silencio que hace la bandeja de entrada cuando un cliente de años te dice que ya no necesita el retainer es... ensordecedor. Una tarde de finales de febrero, frente a la pantalla de mi laptop en Miraflores, me quedé mirando el cursor parpadear y sentí ese frío en la nuca que ninguna bufanda de alpaca puede quitar. Llevaba cinco años rodando el mat cada mañana antes de traducir, solo para que mi espalda no se rindiera, pero ese vacío en la agenda me obligó a preguntarme si mi práctica podía ser algo más que un analgésico para el estrés de las entregas.

Antes de seguir contándoles cómo terminé memorizando sánscrito entre archivos de Trados, una nota de transparencia: este diario tiene enlaces de afiliado. Si decides anotarte en algo por aquí, me llega una pequeña comisión y a ti te cuesta exactamente lo mismo. Solo hablo de lo que realmente estoy estudiando o de los materiales que terminan llenos de pelos de mi gato de tanto usarlos. Si algo no me convence, también te lo digo; no soy experta en marketing, soy una traductora que intenta no colapsar.

Del mat como refugio al estudio formal

Lo cierto es que mi relación con el yoga siempre fue un poco 'a lo bruto'. Empecé en la pandemia por pura supervivencia, siguiendo videos y sintiendo el olor a caucho frío de mi mat de 6mm mezclado con el aroma del café de la tarde. Pero cuando el trabajo bajó, decidí que en lugar de hundirme en el pánico, iba a usar ese tiempo para ver si mi práctica aguantaba el peso de un currículo real. Me inscribí en el Instructorado de Yoga de Hotmart, no porque planee dejar las traducciones técnicas mañana, sino porque necesitaba estructura cuando mi mundo profesional se sentía como un archivo corrupto.

Primer plano de un mat de yoga de 6mm y una taza de café en el suelo.

Pasar de ser autodidacta a seguir un orden fue un choque. De pronto, ya no era solo 'fluir' hasta que me crujiera la espalda. Era entender por qué me cruje. En el módulo de anatomía, por ejemplo, me obsesioné con las 33 vértebras de la columna humana. Mientras esperaba que cayera algún proyecto nuevo, me sorprendía a mí misma tocando mi propia espalda, tratando de identificar dónde terminaba una y empezaba la otra, sintiendo el eje de mi cuerpo con una consciencia que años de traducción nunca me dieron. Por cierto, si sientes molestias reales, habla con un profesional de la salud; yo aquí solo comparto mi bitácora de descubrimiento, no soy médico.

El choque cultural de las 33 vértebras y el sánscrito

A mediados de abril, mi escritorio era un caos de diccionarios bilingües y apuntes sobre el músculo psoas. Hay algo extrañamente reconfortante en estudiar algo tan físico cuando tu trabajo habitual es tan etéreo como las palabras. Sin embargo, no todo es paz. Intentar grabar mi primera secuencia de práctica para el curso fue un desastre total: me quedé en blanco frente a la cámara y terminé mezclando términos de traducción técnica con instrucciones de respiración. 'Inhala profundamente y asegúrate de que el glosario esté actualizado', dije. Mi gato me miró con una mezcla de juicio y aburrimiento desde su esquina en el mat.

Libros de traducción y apuntes de anatomía sobre las 33 vértebras humanas.

Estudiar lo que la anatomía para yoga me enseñó sobre mis hábitos posturales ha sido revelador, especialmente para alguien que pasa diez horas sentada. Pero reinventarse no es un camino lineal. A veces, la teoría de la filosofía védica se siente muy lejana cuando tienes que pagar el alquiler en Lima. Me he dado cuenta de que reinventarse es un privilegio que a veces damos por sentado. Conversando con una amiga que también es freelance pero tiene dos hijos pequeños, me di cuenta de que para ella sería casi imposible cumplir con esta formación intensiva. El agotamiento mental de la crianza no deja espacio para memorizar los pilares de Ahimsa a las once de la noche. Yo tengo el silencio de mi departamento en Miraflores; ella tiene el ruido de la vida real, y eso hace que cualquier intento de cambio sea diez veces más pesado.

Cuando la traducción y el Dharma pelean por mi tiempo

Durante las primeras semanas de junio, la prueba de fuego llegó. Un cliente me ofreció un encargo mal pagado, de esos que te quitan el sueño y te dejan las muñecas doliendo, justo cuando debía terminar el módulo de filosofía. Sentí esa punzada de culpa al cerrar el archivo de traducción a medio terminar porque el curso me parecía, por primera vez, más urgente. ¿Era irresponsable? Quizás. Pero después de cinco años de poner las palabras de otros por delante de mis propios huesos, decidí que mi formación valía ese 'no'.

Gato sentado sobre un bloque de yoga cerca de una laptop de trabajo.

Incluso me puse a investigar otros nichos por curiosidad. Vi que el curso de Instructor de Yoga para Niños tiene una calificación promedio de 4.9 con unas 307 reseñas, lo cual es altísimo para la plataforma. Me hizo pensar en si algún día querría enseñar a los hijos de mis amigas, pero por ahora, mi meta es entender mi propio cuerpo. He estado practicando mucho pranayama para calmar la ansiedad que me genera la incertidumbre laboral, y mi abuela, que siempre me ve por Zoom, ahora prende una vela cada vez que me ve haciendo ejercicios de respiración porque cree que estoy 'conectando con los ángeles'. Y bueno, quizás no esté tan equivocada.

La integración: Una tarde gris de julio

Hoy es una tarde gris de julio, de esas donde Lima se siente como si estuviera envuelta en algodón húmedo. He terminado gran parte de los módulos principales. Lo que empezó como un 'qué voy a hacer con mi vida' en febrero se ha transformado en una base sólida. Ya no veo el yoga como un hobby para estirarme tras traducir mil palabras; lo veo como una disciplina que requiere la misma precisión que una traducción literaria. He aprendido que mi práctica personal no era tan sólida como pensaba y que el estudio formal me ha dado una estructura mental que la traducción ya no me ofrecía.

Manos sosteniendo guías de estudio de yoga frente a una ventana en Miraflores.

Si estás en una situación similar, saltando entre el 'freelanceo' y la ganas de algo más, quizás no necesites dejar tu carrera, sino complementarla. Para mí, el Instructorado de Yoga fue el ancla que evitó que me hundiera en la ansiedad del desempleo parcial. No es un camino fácil —hay días donde prefieres abrir cualquier Excel antes que estudiar el origen del psoas—, pero la sensación de sostener una postura de equilibrio tras entender la mecánica de tus pies es algo que ningún pago por palabra puede igualar.

Espacio de trabajo equilibrado con mat de yoga y escritorio de traducción.

Al final del día, sigo siendo la misma Romina que pelea con los verbos en inglés, pero ahora, cuando cierro la laptop, sé exactamente qué hacer para que mi cuerpo no se sienta como un extraño. Si sientes que es tu momento de formalizar lo que ya haces en el mat, te animo a que no esperes a una crisis para empezar, aunque a veces el silencio de la bandeja de entrada sea el empujón que necesitábamos. ¡Nos vemos en la práctica!

Si quieres empezar con algo más ligero antes de lanzarte a un instructorado completo, el Curso Yoga en casa es una excelente opción para estructurar tus mañanas sin la presión de una certificación profesional inmediata.

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