
Eran las seis de la tarde de un martes gris de febrero cuando el correo llegó: mi cliente más antiguo, el que me mantenía a flote con traducciones técnicas de ingeniería, recortaba su presupuesto a la mitad. Me quedé mirando la pantalla mientras la garúa de Miraflores empezaba a empañar el vidrio de mi estudio. Lo primero que hice, casi por instinto, fue desenrollar el mat. Llevo cinco años haciendo esto sola, desde que el encierro de 2020 me destrozó el sueño, pero esa tarde sentí que mi práctica era un fraude. ¿Quién era yo para buscar refugio en el yoga si ni siquiera sabía si mi alineación era correcta o si solo estaba repitiendo errores de forma elegante?
Antes de seguir, una nota de transparencia: este diario de formación incluye enlaces de afiliado. Si decides inscribirte en un programa a través de ellos, recibo una pequeña comisión que ayuda a mantener este espacio, sin que a ti te cueste un sol más. Solo hablo de cursos en los que estoy metida, como el instructorado que estoy cursando ahora, o de cosas que realmente uso los fines de semana en mi sala. Si algo no me convence, también lo vas a leer aquí.
Esa misma noche, con el pánico de la chamba perdida todavía vibrando en el pecho, compré el Instructorado de Yoga que tenía guardado en favoritos. No lo hice porque quisiera abrir un estudio en Larco, sino por pura necesidad de validación. El síndrome del impostor es una sombra pesada cuando eres autodidacta; te convences de que, tarde o temprano, alguien entrará a tu sala y te dirá que todo lo que has construido en estos cinco años de práctica matinal no es más que una coreografía mal ejecutada.
El salto de la práctica libre al currículo estructurado
Lo cierto es que pasar de fluir con videos aleatorios a seguir un programa de 200 horas cambia la temperatura de la habitación. Al principio, me sentí ridícula. Me preguntaba: ¿Quién soy yo para estudiar sánscrito si hace dos días preferí quedarme editando un archivo de traducción médica hasta las tres de la mañana en lugar de hacer mi práctica? El contraste entre mi vida de freelance sedentaria y la profundidad de la filosofía yóguica me hacía sentir como una turista en mi propio cuerpo.

A finales de febrero, empecé con los primeros módulos de teoría. El programa tiene una calificación de 4.0 en Hotmart, lo cual me generaba cierta curiosidad porque solo había una reseña pública. Pero al abrir los videos, entendí que la estructura es lo que mi cabeza de traductora necesitaba. Mi abuela, que vive conmigo y siempre prende una vela en un platito de cerámica cada vez que me ve haciendo lo que ella llama "mis respiraciones", se asomó a mi escritorio. Vio los diagramas de anatomía en la pantalla y me preguntó si ahora iba a ser doctora. Le dije que no, que solo estaba tratando de entender por qué me duele el cuello después de traducir diez mil palabras sobre válvulas hidráulicas.
El choque con la realidad llegó con el módulo de anatomía. Durante años, mis secuencias de pie de veinte minutos eran mi ancla, pero el curso me demostró que mi cuerpo había normalizado errores técnicos por pura inercia. El tacto frío del mat de caucho en mis talones se sentía distinto cuando intentaba aplicar los ajustes de cadera que el instructor explicaba. Ya no era solo moverme; era desaprender.
Cuando la teoría hace temblar los cuádriceps
A mediados de mayo, después de tres meses de avanzar lento entre glosarios bilingües y entregas urgentes, me encontré en una sesión dedicada a la postura del guerrero II. Pensé que la dominaba. Pero al seguir las indicaciones precisas de la formación sobre la rotación externa del fémur y la activación del core, sentí ese temblor involuntario en los cuádriceps que me recordó que la teoría es mucho más exigente que mi rutina habitual. Mi gato, que siempre se parquea sobre mi bloque de yoga justo cuando voy a usarlo, me miraba con una indiferencia absoluta mientras yo sudaba tratando de mantener la integridad de la postura.

Hubo un momento de quiebre total: intentar explicar la respiración Ujjayi frente al espejo y terminar mareada por forzar la garganta en lugar de fluir con el diafragma. Me sentí tan impostora que cerré la laptop y no la abrí en tres días. En esos días preferí refugiarme en un diccionario de términos jurídicos; las palabras son seguras, no te marean ni te exigen que abras el pecho cuando lo único que quieres es encogerte.
Sin embargo, al leer las experiencias de otras personas en el instructorado de yoga online, me di cuenta de que este sentimiento es la norma, no la excepción. Especialmente para quienes venimos de profesiones donde la perfección es la métrica de éxito. Si eres enfermera, médico o traductora, el error se siente como un fallo moral. Pero en el mat, el error es solo un dato más para el laboratorio personal.
La perspectiva del profesional de salud y la autocompasión
Me puse a pensar en una amiga que es enfermera en el Hospital Casimiro Ulloa. Ella también empezó a practicar yoga por el estrés de las guardias. A veces hablamos por Discord a medianoche. Ella me decía que su síndrome del impostor es clínico: siente que si no hace la postura perfecta, está fallando igual que si se equivocara con una dosis. Creo que aquí es donde muchas guías de yoga fallan. Nos dicen que "confiemos en el proceso", pero para alguien que carga con una alta exigencia de perfección, eso suena a vacío.

Lo que he aprendido en esta última quincena de junio es que superar el síndrome del impostor no se trata de obtener un diploma que diga que eres experta. Se trata de entender que la formación es un espacio de vulnerabilidad permitida. A diferencia de mi trabajo como traductora, donde no puedo entregar un texto "a medias" para ver qué pasa, en el curso puedo fallar en una secuencia de yoga para dolores de espalda y simplemente volver a empezar al día siguiente. No soy profesional de la salud ni fisioterapeuta —y siempre digo que si tienes una lesión real, debes ir a un especialista antes de intentar cualquier asana compleja—, pero soy una profesional del aprendizaje constante.
El mat como laboratorio, no como examen
Hoy, 15 de junio, la luz de Lima entró por la ventana con esa calidez tímida que a veces aparece en invierno. Abrí mi archivo de traducción y, antes de empezar, me senté un momento en el cojín de meditación que me dejó una leve ciática la semana pasada por sentarme mal (otra lección de anatomía aprendida a la fuerza). Recordé el click de mis vértebras la primera vez que logré sostener la postura de la rueda por una respiración completa. Fue un sonido pequeño, pero significó mucho más que cualquier validación externa.
A veces, la curiosidad me lleva a mirar otros programas. Por ejemplo, vi que el Instructor de Yoga para Niños tiene 307 reseñas y una calificación de 4.9. Me tienta, no porque quiera enseñar a niños ahora, sino porque me pregunto si ellos también sienten que están fingiendo o si simplemente juegan a ser árboles sin cuestionar su derecho a estar en el mat. Quizás ese es el secreto que perdemos al crecer.

Si estás pensando en dar el salto a una formación y sientes que no eres "lo suficientemente algo" (flexible, espiritual, joven, delgada), te diría que ese es precisamente el mejor momento para empezar. El inicio del instructorado es el lugar donde dejas de fingir que lo sabes todo. Mi práctica de cinco años no era un fraude, era el cimiento. El curso solo me está dando los planos para entender qué fue lo que construí en la oscuridad de la pandemia.
Sigo siendo traductora. Sigo lidiando con clientes que recortan presupuestos y con la garúa que lo humedece todo. Pero ahora, cuando abro mi laptop y veo el icono del Instructorado de Yoga, ya no siento que estoy entrando a un examen que voy a reprobar. Siento que estoy abriendo un libro que me pertenece, aunque todavía me cueste pronunciar los nombres de las posturas sin trabarme la lengua. Si tú también estás en ese punto de duda, tal vez lo único que necesites sea dejar de buscar la perfección y empezar a buscar la estructura. Nos vemos en el mat, aunque sea solo para temblar un poco en Guerrero II.